Lydia Morales Ripalda

 

 

Uno puede no saber qué es ni de dónde ha salido, pero ve sus mensajes por todos los sitios. Un día cualquiera el 80% de las actualizaciones que producen tus contactos de redes profesionales como LinkedIn son murales e infografías de psicología positiva aplicados al “liderazgo, el emprendimiento, la productividad y el crecimiento personal”. Para los escépticos irredimibles como quien esto escribe todo ese material estuvo hasta hace no mucho catalogado entre lo pueril y lo risible, otra más de las comeduras de tarro con que se entontece a sí mismo el occidental contemporáneo. Hasta que un día vi a un responsable de recursos humanos explicar desde la pantalla del ordenador, con una infografía llena de muñecos, por qué había gente que era infeliz. A saber: las personas se crean expectativas demasiado elevadas; se creen que son especiales sin serlo; se acostumbran a lo que tienen y quieren más; esperan que otros las hagan felices; confunden el no ser malos con ser buenos; encuentran satisfacción en recibir la conmiseración de otros… Y así sucesivamente.  Que te quedaras sin trabajo a los cuarenta y ocho años a pesar de haber cumplido siempre correctamente tus cometidos, o que te degradaran a pesar de lo mismo porque ya eras “viejo” y era eso o a la calle, no se contemplaba, ni por asomo, como causa de infelicidad. Culpar a lo exterior de tu desdicha era el error de una mente débil.

Desde aquel día empecé a encontrar siniestra toda esa palabrería que antes me había parecido simple tontería. Tomé conciencia del papel social que estaba jugando ese tipo de discurso. Un discurso que estaba por todos los sitios y que inundaba los medios de masas, los estantes de las librerías, las redes profesionales y las insufribles sesiones de buen rollo laboral que ahora endilgan a sus empleados muchos departamentos de recursos humanos que, por otra parte, se comportan como auténticos hijos de Satanás. Una verborrea que permitía, además, que cualquier vendedor de humo fuera de gurú por la vida porque en su tarjeta de visita, o en su “identidad virtual”, se ponía etiquetas tan grandilocuentes como ridículas: entrenador (en inglés, que suena mejor), exponenciadora de equipos, líder de pensamiento, facilitadora, visor de potencial, estimuladora de la proactividad… Por debajo de toda la jerigonza los mensajes de estos “gurús” solían resumirse en que había que ser positivo y afrontar la vida sin negatividades, porque así uno sería feliz, la suerte estaría de su parte y conseguiría todo aquello que se propusiera. O sea, una estupidez sin paliativos. Pero una estupidez que ha devenido dogma sin religión, argumento dominante. Y que permite a los “gurús” ganarse unos buenos duros con gente dispuesta a pagar por cualquier cosa.

La convención del momento es esta. Por eso me sorprendió cuando en el canal de Ivoox de la UNED encontré un día una lección de dos profesores de Psicología exponiendo la cara siniestra de esta plaga de positividad que todo lo invade. José Carlos Loredo Narciandi, profesor del Departamento de Psicología Básica de la UNED, y Edgar Cabanas Díaz, investigador de la Universidad Autónoma de Madrid, le daban un repaso a la Psicología positiva en un audio de apenas media hora: ¿Nacidos para ser felices? El lado oscuro de la psicología positiva“. El discurso de la psicología positiva, se decía, es heredero de la cultura estadounidense y presenta una concepción individualista de la felicidadcomo aspiración natural del ser humano, algo que depende de una adecuada gestión de la fuerza interior y no de las circunstancias externas. A la hora de afrontar la vida lo importante son las emociones positivas, encarar los problemas con optimismo y buscar la felicidad y el bienestar personales. Esta reducción de la felicidad a una cuestión de voluntad individual oculta al receptor inadvertido de tales mensajes el contenido ideológico que hay detrás, y que no es inocente en absoluto. La psicología positiva, aunque prospere como mercancía gracias a disimularlo, sirve a unos intereses, una ideología, unos códigos de valores y una agenda antropológica muy concreta. No es algo empírico, objetivo ni neutro. Su concepción de la felicidad no es “la” felicidad en sí, como tal -en caso de que eso existiera-, sino una propuesta de un tipo particular de felicidad hija de un humus ideológico concreto. No es la felicidad de la cultura clásica, por ejemplo, que se asociaba a la potencia contemplativa, a una libertad interior templada por el amor a la sabiduría, a la evitación del dolor y el disfrute de la belleza o al honor derivado del ejercicio del heroísmo. No es tampoco la felicidad de las culturas orientales, ligada a la armonía social (no al individualismo) y a la ascesis que parte de la irrelevancia del yo y de la superación de todo deseo (empezando por el de triunfar en el mundo). La concepción de la felicidad de la psicología positiva ni siquiera está emparentada con la concepción del primer liberalismo, como a veces se pretende. Para los liberales clásicos la felicidad estaba asociada al deber social, no a la satisfacción individual, que se consideraba despreciable por su autocomplacencia y su egoísmo. Así que en realidad el modelo de felicidad que presenta esta psicología está directamente relacionado con el capitalismo postmoderno, el darwinismo social y el pensamiento neoliberal contemporáneo, que es mucho más que una teoría política de las prácticas económicas. Como señalaban los profesores Loredo y Cabanas, presupone “una ontología individualista que concibe a los sujetos como seres naturalmente autosuficientes y que pueden maximizar todo en su propio beneficio”. Si no lo hacen, sólo ellos son los culpables de no triunfar, de no obtener placer, de no sentirse bien, de no ganar suficiente dinero, en suma, de no ser “felices”. Las implicaciones políticas y socioeconómicas de semejantes planteamientos pueden no ser obvias, pero están ahí. Primero, el darwinismo social: la vida humana es una lucha, la sociedad es el marco de esa pelea y los triunfadores son los “animales más fuertes” que han conseguido imponerse y sobresalir en la manada humana. Aquel que no triunfa no debe exigir ayuda ni compasión: es débil, es menos apto y debe asumir su propia deficiencia porque es exclusiva responsabilidad suya. A partir de aquí, los mensajes de la psicología positiva se utilizan para neutralizar el descontento que provoca la situación de crisis actual, con la destrucción del horizonte vital, social y económico de amplios sectores de las clases bajas y medias occidentales. “Nos bombardean con más felicidad cuanto menos posible es en la realidad estar bien”, nos hablan de “ser más positivos” y “más proactivos” cuanto menos posible es en la práctica cualquier esperanza social.

Las aplicaciones en el ámbito de la empresa de estos planteamientos tampoco son inocentes. En un momento en que el trabajo es escaso, precario, inseguro y mal pagado, en el que las empresas o “los mercados” han roto unilateralmente con cualquier obligación o lealtad que no sea la de su propia “felicidad” (ganar el máximo dinero al menor coste posible), la psicología positiva -tan utilizada en el coaching y la administración de recursos humanos- ha impuesto en el mundo laboral un discurso venenoso que enfatiza una supuesta “autonomía personal”, y con ella la “flexibilidad”, la “proactividad” y otras jerigonzas similares, para hacer que los trabajadores carguen sobre sus espaldas toda la responsabilidad de su éxito o su fracaso laborales. Se exime así de mancha moral a las legislaciones laborales de nuevo cuño y a las empresas que despiden a trabajadores leales y responsables, que ocasionan dramas personales y familiares y que contribuyen a deteriorar el clima social.  O se exime de crítica también, y en un sentido más amplio, a las prácticas políticas y económicas actuales que están liquidando la justicia social y las seguridades duramente ganadas por las clases bajas y medias occidentales a lo largo del siglo XX. Una liquidación, por cierto, que pone en peligro la continuidad de los propios sistemas democráticos, aunque eso cada vez parezca importar menos. El analista de seguridad y defensa Jesús Pérez Triana tuiteaba en su día un artículo del diario El Mundo –Y así llegó el fin de la clase media– con la siguiente apostilla: “Luego debatimos sobre por qué la gente cabreada vota estúpidamente”. También podemos debatir sobre por qué pueden encontrar siniestra la palabrería y el voluntarismo de la psicología positiva aplicados a un ámbito laboral y social cada vez más despiadado.

 

Aunque en el audio de la UNED no se menciona, todo este discurso de la felicidad individualista y la positividad ha echado mano más recientemente de elementos de las tradiciones orientales, especialmente del budismo. La moda del mindfulness -una vulgarización occidental de la meditación vipassana, desprovista de su orientación ascética- es un ejemplo. En la tradición clásica los estoicos han sido otras víctimas involuntarias de la tergiversación utilitarista. Aunque en el terreno académico los presupuestos de la psicología positiva cada vez son más discutidos (ver el trabajo Falacias de la psicología positiva de Roberto García Álvarez y Víctor Martínez Loredo), lo cierto es que el éxito de esta no se halla en los ámbitos de debate teórico sino en sus aplicaciones concretas. El audio de la UNED recuerda que han sido grandes corporaciones como Coca Cola, el Ejército estadounidense o la Fundación Templeton -gran propagadora del neoliberalismo- las entidades que han financiado más trabajos sobre la psicología positiva. Eso quiere decir algo, evidentemente.

 

Fuente: https://nidodeaguilasblog.wordpress.com/2016/03/23/el-lado-oscuro-de-la-psicologia-positiva/

Si te ahogas en el vaso medio lleno o medio vacío de la felicidad, si los libros de autoayuda no te ayudan, si en yoga ves más gente desesperada que en una discoteca… quizás este sea tu hombre.

Sergi Rufi es un psicoterapeuta incómodo para el resto de colegas de la vieja guardia. Licenciado y doctorado en Psicología, imparte clases de Psicología Social Positiva en la Universidad de Barcelona. Es evidente que a sus alumnos les seducen sus tatuajes. "Es uno de los nuestros", deben pensar. Con look de cierra-bares colega de los malos estudiantes de última fila, Rufi logra que escuchen con atención un discurso sólido que no logró vertebrar hasta que cruzó el charco, se mudó a California e hizo añicos su burbuja personal.

En el Festival Organic de Barcelona dará esta semana una conferencia sobre espiritualidad rebelde, “una propuesta transgresora y comprometida socialmente, alejada de la mediocridad New Age y la tibieza Disney”, según sus propias palabras. La premisa inicial es poner en duda a todos los vende humos que inundan el sector de la autoayuda antes que la autoayuda acabe con todos nosotros. Nada mal.  

–No sé si has visto el video viral de un ejecutivo de Google y su algoritmo de la felicidad. ¿Qué piensas de estos discursos?

Es la nueva moda, un ejecutivo de Google adoctrinando al mundo sobre lo que es y no es la felicidad y lo que tengo que hacer para ser optimista. Yo no acepto lecciones de nadie y menos aún si no me conocen personalmente. No sé qué es la felicidad para ti, es todo muy subjetivo, personal e intransferible. Todos tenemos carácteres, temperamentos y motivaciones diferentes, no me gusta pontificar y decir que lo que me ha ido bien a mí te va a ir bien a ti. Yo sé lo que es estar bien conmigo mismo y no estarlo tanto también, pero cuando oigo la palabra felicidad y veo a alguien como el hombre del vídeo racionalizando descaradamente las emociones, enmascarando marcadamente su sufrimiento y diciendo que la felicidad es una elección y que para serlo tienes que hacer como él, me echo a temblar.  

–Me recuerda al anuncio de BMW con Bruce Lee. Si en 2017 aún estamos hablando del vaso medio lleno o medio vacío, ¿no entendemos nada, verdad?

Dicen que el infierno está lleno de buenas intenciones y es lo que yo percibo aquí. Veo un ser humano tratando de tapar con poesía prestada un gran sufrimiento interno, tratando de convecer al mundo de su discurso antisufrimiento, el cual no parece estar funcionando demasiado bien, se le nota en el gesto. El optimismo es una actitud deseable pero forzarlo trae siempre resultados funestos. Seguramente el hombre sacará un libro y se hará bestseller, en EEUU gustan mucho esas historias dramáticas.  

–¿No es triste que la motivación para un gran cambio nazca de un libro de autoayuda? A mí me deprimen.

Sospecho que te deprimen porque en general tienen muy poca calidad. A corto plazo, la autoayuda suele aliviar pero a la larga no sólo no ayuda sino que puede revictimizar aún más. No hay mayor subidón emocional que el que sientes en la página 35 de un buen libro de autoayuda comercial. En la 102 tu vida encaja y tiene sentido. Al acabar el libro te sientes comprendido, suave, como iluminado. A la semana quizá aún dura el eco de las bonitas promesas y las buenas intenciones. Al mes apenas te quedan tres nociones de lo leído aunque no hayas podido aplicar casi nada. Pasado ese mes vuelve la crisis de nuevo y te vas corriendo a la librería a comprarte otro libro de autoayuda comercial que te saque temporalmente del atolladero emocional, enchufándote de nuevo emociones agradables transitorias. La autoayuda comercial la copan moralistas emocionales y especuladores espirituales.

–¿Y qué podemos hacer para que la próxima vez que la gente vaya a la librería compre mejores libros emocionales? 

Las autoridades competentes deberían regular el sector de la autoayuda por ser tan nocivo para la salud pública. Es un sector millonario donde la mayoría de autores no son profesionales de la salud emocional sino periodistas, empresarios, ingenieros, médicos e iluminados que siguen la lógica del mercado 'vender libros y ganar dinero', no la lógica de ayudar. Para ello la regla de oro es decirle al lector lo quiere escuchar. Sólo el arquitecto escribe libros sobre arquitectura. Sólo un historiador escribe libros sobre historia. Sólo un economista escribe libros sobre economía. Sin embargo, sobre la mente y las emociones, sobre psicología vamos, habla y escribe todo el mundo basándose meramente en libros leídos, en teorías prestadas o en su propia vivencia personal sin tener ni idea de qué es la mente y el cerebro. Se le falta mucho el respeto a la gente. Sólo debería de escribir libros de autoayuda y de psicología quien tiene la experiencia de haber trabajado con centenares y miles de personas que sufren.  

 

–Me haces pensar en el libro "¿Quién se ha llevado mi queso?" Vendió más de 26 milliones de copias en 37 idiomas. Parecía que si no leías ese libro no tenías alma…

Recuerdo ese fenómeno. Hace 12 años una novia norteamericana que tenía entonces me lo regaló cuando vivíamos en California. Fue una época muy especial y demasiado complicada también. Supongo que ella me vio algo atropellado por la cultura de la apariencia (tan americana) y me lo regaló para ver si tocaba alguna tecla en mi interior. 

–¿Y la tocó?  

La verdad es que no recuerdo apenas nada del contenido del libro, creo que no pasé de hojear unas pocas páginas. Tal vez fue por mi urticaria natural a los ‘hypes’ y bestsellers comerciales (me huelen a nana del establishment, a adoctrinamiento condescendiente oficial). Tal vez fue porque no suelo aceptar de buena gana ‘regalos terapéuticos’ de alguien que emocionalmente está igual o peor que yo.

–¿Tan jodidos estamos?

A veces, medio en broma medio en serio, a mis clientes y alumnos les digo que estamos vivos de milagro.  

–"Estamos vivos de milagro" sería un gran nombre para tu bestseller de autoayuda.

(Ríe)   En general, si somos honestos y tenemos conexión profunda con nuestros propios sentimientos, al mirar atrás nos damos cuenta de que más allá de alegrías y éxitos, nuestras infancias también están repletas de abandonos, humillaciones y pequeños traumas de todo tipo. De adultos, nos sabemos al dedillo el manual de instrucciones del Mac y del Iphone, sin embargo, sabemos poco o nada sobre cómo funciona nuestro propio cerebro, nuestra mente, nuestras emociones, nuestra piel, nuestra propia maquinaria psicobiológica. Resulta que hemos sido guiados por ciegos y hemos construido el edificio de nuestro Ser por el tejado. Así, acabamos flotando tibiamente por la vida, girando como una peonza, por inercia, en piloto automático, con muy baja conciencia de quién somos realmente y de adónde vamos, y con un nivel de desarrollo personal paupérrimo. Y de repente, una mañana nos despertamos al borde del precipicio, con medio pie asomando al vacío. ¿Quién soy? ¿Qué sentido tiene todo esto? Estamos vivos de milagro.  

–En serio, ¿crees que existe un postureo en la espiritualiad?  

Existe la espiritualidad estética, la espiritualidad como producto de consumo, la espiritualidad de red social; mediocre, azucarada y mal entendida. Centrarte sólo en la apariencia, en llevar un tatuaje de un Buda, en hacer una postura de Yoga, en comer orgánico, en basar tu desarrollo personal en el disfrute y la alegría. En tener la sonrisa como meta, en creer que por sonreír todo el rato en Instagram eres más feliz que los demás, es caer lentamente en la autocomplacencia y el hedonismo existencial. También es huir de la responsabilidad de nuestras acciones y seguir siendo egoístas, seguir abandonando a gente, seguir comunicándonos mal, seguir engañando, manipulando a la pareja, haciendo juegos psicológicos, culpabilizando al otro de lo nuestro y soltar como justificación frases New Age del tipo 'es lo que quiere el Universo', 'es voluntad del Karma', 'es lo que toca', 'todo pasa por algo'. Este tipo de espiritualidad es hueca, superficial y tóxica como la televisón y el fútbol, porque quieren separarte de lo esencial: tus emociones profundas.

–¿De verdad se puede ser muy espiritual sin ser un coñazo con el resto del mundo?

De hecho, esa es la máxima expresión del desarrollo espiritual, el respeto a las diferencias individuales. No todo el mundo tiene que meditar, ni practicar la espiritualidad. Unos han nacido para arar la tierra y otros para meterse en el epicentro del huracán. Alguien muy conectado con su interioridad no debería necesitar posturear mucho su mundo interior. La autenticidad es silenciosa, como la felicidad auténtica, se viste por y desde dentro.  

–¿Qué barbaridades has visto en nombre de la supuesta espirtualidad?

A veces en una clase de yoga puedes ver tanta arrogancia, egoísmo y sufrimiento como en un after. Recuerdo un retiro en un monasterio budista espectacular en Francia, en medio de un bosque. Durante 7 días estuve rodeado y conviví con 300 monjes zen con sus cabezas rapadas y sus túnicas negras. Era asombrosa la presencia sobria e impecable de aquella gente. Había mucha meditación, mucho silencio, mucha liturgia, mucha oración, todos parecíamos ser uno y lo mismo. Luego cuando me los cruzaba por el campo les miraba con ojos amables y les saludaba suave y respetuosamente, desde el agradecimiento, como buscando conexión profunda. Apenas me miraban, muy pocos reconocían mi presencia y casi nadie me devolvía el saludo. La semana se me hizo larga y dura, meditamos muchísimas horas al día en silencio compartiendo el mismo espacio, pero internamente bien alejados los unos de los otros. Fui a conectar y a hallar paz interior y en pocos sitios me he sentido tan solo. Créeme cuando te digo que pura contradicción. Somos tan humanos...

–¿Cómo se puede romper con la imagen de la persona espiritual con la mente todo el día en el Tíbet?

Naturalizándola, normalizándola, sacándola de mezquitas, templos y dojos y bajándola a la calle. La verdad es que no se puede no ser espiritual, nuestro cerebro está cableado neuronalmente para sentir el anhelo de fundirnos con algo más grande, mayestático y bello que nos dé un sentido más amplio de la vida, ya sea una pieza de arte, un bosque, un ser querido o el cielo estrellado. Lo que sí podemos es no ser conscientes de que somos espirituales, o podemos no realizar ninguna práctica espiritual concreta, pero repito, el arte, la música, la gastronomía vivida de forma consciente, o esta misma entrevista, pueden resultar si nos detenemos a reconocerlo, actividades muy espirituales por inspirar ideas, sentimientos e imágenes evocadoras e inspiradoras en nosotros mismos, y en la gente que la lee.  

–¿Qué le falla a la psicología convencional para llegar más a la gente?

Le falta toneladas de comprensión, cariño, emoción, sentimiento, cuerpo, humildad, practicidad, espiritualidad y humanidad vamos. Le sobra arrogancia, condescendencia, juicio, distancia, frialdad, libros y tratar la mente como si fuera una fórmula matemática. A la psicología académica le falta mucho compromiso social, profundidad y voluntad de servicio real y auténtico, sin ponerse por encima de la persona que necesita de tu guía. Paciente siginifica 'el que sufre' y todos sufrimos, hay que cambiar esa palabra. No somos robtos, la mente no es y nunca ha sido un ordenador racional perfecto que ejecuta órdenes precisas con las que someter a las emociones y el cuerpo. Es casi al revés.

–Pero dime un truco para detectar un vendedor de humo de un buen gurú espiritual.

Yo buscaría los surcos en su rostro .

–¿Que busque surcos? 

Las arrugas, que se le vea el peso del tiempo y el rastro de su dilema interno a la legua. Yo huiría de todo aquél que sólo comparta contigo sus sonrisas, sus éxitos, su felicidad y su dicha, está ocultando su sombra para divinizarse, que le idealices, cavar una zanja entre él y tú, subirse a un pedestal para que le adores, y hacer negocio con tu bolsillo. Te la está metiendo doblada, vamos.  

–Ponme un ejemplo. 

Recuerdo un post en el muro de una página espiritual de Facebook que afirmaba que 'la auténtica belleza es la espiritual porque ésta, al contrario de la belleza física, permanece, es continúa, sublime y deseable', y en la foto aparecía una modelo ostensiblemente maquillada, con melena brillante, erótica, bien teñida de peluquería y la manicura rutilante. Basta ya de soltar clichés y de confundir a la gente, para eso ya tenemos al Gobierno. Me encantan las dos bellezas, pero seamos coherentes con el mensaje que tratamos de emitir. La espiritualidad de red social es el opio del pueblo en el siglo XXI. Nuestra confusión es su negocio.

–Y dentro de esta confusión, ¿cómo puedo saber si me va más el yoga, el reiki o andar por el bosque?

En realidad, no se tratan de actividades excluyentes sino complementarias. Yo sólo te animaría a que si pruebas algo te comprometieras con esa práctica como mínimo durante un mes, que trataras de 'apartar' temporalmente la mente y la repitieras como mínimo veinte veces antes de juzgarla. Si no, no le das tiempo a que esos ejercicios penetren en tu ser, se acomoden a ti, florezcan en ti y con ello se haga el cambio. Si no, seguramente lo que acabarás haciendo será juzgarlos desde la misma mente ansiosa que quieres calmar mediante los ejericios que precisamente estás realizando. Muchas veces criticamos una actividad justamente porque inconscientemente sospechamos que funciona y entonces se nos activa el miedo al cambio. Llevamos tanto tiempo sufriendo que de repente ¿y quién soy yo sin mi dolor? ¡Qué miedo!    

–¿Quieres decir que nos gusta regodearnos en nuestras miserias? 

Preferimos dolor conocido a la sanación y su novedosa incertidumbre.

–Quizás por este motivo los medios de comunciación han encontrado un nuevo pozo de consumidores.

 

Sí, las prácticas espirituales se han convertido en los nuevos productos de consumo de masas, en otro sonajero más que en lugar de utilizarlos para reconectar con nuestra esencia nos distrae más de ella. Deberíamos aprender a discernir el polvo de la paja y a lo que nos pongamos hacerlo con mente, cuerpo y alma. El establishment quiere convertir la espiritualidad en algo banal, en una experiencia superficial y hedonista más, como la moda del running, irte de trekking o montarte un sábado en el Dragón Khan con tu hermana.  

–O la alimentación sana.

En Roma hace dos mil años ya decían aquello de mente sana en cuerpo sano. La espiritualidad se inicia en el cuerpo, sin un cuerpo bien descansado, bien alimentado y bien ejercitado es difícil conectar profundamente con esferas de la existencia más amplias y elevadas. A veces, la depresión se debería empezar a tratar en el plato. Obviamente no sólo ahí, pero si desayunas bollería industrial, tiendes a comer abundante carne procesada y tomas mucho café, es bastante normal que la ansiedad sea tu fiel amigo inseparable. De alguna manera, el alma empieza en el colon. Siéntate veinte minutos a meditar con retortijones en el estómago y tendrás una experiencia más bélica que espiritual. 

–Has llegado a hablar del ‘fast-food de la salud emocional’.

Sí, son un conjunto de técnicas, escuelas y paradigmas 'terapéuticos' dentro del New Age Disney que proponen soluciones rápidas, simples y superficiales a problemas profundos y complejos de la humanidad. De nuevo, triunfa y vende más el charlatán que dice lo que quieres oir que quien se ajusta a la realidad. ¿Quién no desearía quitarse un bloqueo emocional que le acompaña durante 20 años en cinco minutos? Lamentablemente, en la mayoría de los casos eso no es posible y por lo tanto no es la verdad. ¿Pero estamos preparados para oir la verdad? Para empezar, habría que ponerle cerco legal a este tipo de falacias, hacen mucho daño a mucha gente porque se aprovechan del sufrimiento humano para vender promesas inalcanzables. Un poco de respeto a la condición humana, la gente sufre y no todo el mundo que sufre es tonto. Sufrir es parte de la vida, una experiencia humana más. Igual que sonreír y disfrutar. Pasarlo mal a veces es normal, va incluido en el pack de la vida.

–Pero hay gente tóxica. gente que se queja por todo y a todas horas.

 

Antes de decirle nada a alguien que se queja, primero le escucharía. Quejarse es una fase necesaría para despertar, la primera fase de hecho, la de darnos cuenta de que muchas cosas en nuestra vida y en el mundo no van bien. Aunque si nos quedamos ahí eternamente y no nos arremangamos y nos ponemos manos a la obra, la queja se torna en victimismo, la queja por la queja, y así nadie evoluciona. Ciertamente, hay gente que se queja por quejarse, gente que se queja por adicción, incluso para recibir atención. Eso es queja tóxica por ser estática y por lo tanto estéril, y es muy molesta para el entorno. Es cierto que la situación en el mundo está difícil pero no está tan mal como para estar todo el día quejándote. Por otro lado, al que nunca se queja de nada tampoco lo veo muy natural, las dinámicas del mundo actual hacen de éste un lugar bastante injusto, poco equilibrado. La rabia bien canalizada es motor de cambio, es una emoción muy espiritual .

 

Autor: Marc Casanova. Fuente: http://www.playgroundmag.net/food/vivos-milagro_0_1978602162.html

"De nuestra posición de sujetos somos siempre responsables."
 
Jaques Lacan.

 


Hace años me hicieron una crítica sobre el psicoanálisis, que como muchas otras que he escuchado, habla más del desconocimiento del tema que de algo objetivo. Me dijeron: "A mi no me gusta el psicoanálisis porque echa la culpa a los padres en vez de darle un lugar al sujeto."          

Nada más lejos de la realidad el psicoanálisis existe porque parte de que una persona puede estar mejor. Lo puede estar porque él y no los padres ni el analista hace algo por él. En mi otro escrito: Cuánto le interesa el pasado al psicoanálisis, dejamos claro que somos nuestra historia, que en la infancia se está formando nuestro aparato psíquico y se está posicionado en una escena familiar que nos determina (Ver: Somos como nos quisieron). Evidentemente hay escenas y amores muy patológicos que van a marcar a la persona y algo de eso se va a llevar para siempre. Freud se encontró con eso cuando empezó a decir a los pacientes: "Le escucho", le hablaron de la infancia, de los sueños, etc, y ahí se dio cuenta de que el discurso del síntoma venía a decir algo de un pasado que no se podía olvidar sino reprimir, pero que el afecto de eso reprimido volvía y se enlazaba con lo que no era. O sea que una obsesión por el orden venía de intentar controlar, por ejemplo, el temor a lo sexual y que una fobia a un objeto ocultaba a otro.

          En ese pasado, los personajes principales son, obviamente, los padres o figuras primordiales. Y sí, en tanto que somos el deseo de ellos estamos condicionados por esa escena a la que nos traen. Es fácil encontrarnos entonces en la consulta pacientes que al darse cuenta de esto se enganchan en culpar a los padres.

          En este punto es importante entender que una de las cosas que sucede en la terapia es que uno consigue saber un poco más de quién es, aceptarse y conocerse. Cuando hablamos de: Asumir la falta, nos referimos a esto. pero conocerse implica también entender que los otros también son sujetos en falta y también están sujetos a su historia. Entender a los padres, bajarlos del pedestal bueno o malo en el que les pusimos de niños es justamente pasar a una posición adulta y asumir la falta y la incompletud nuestra y la suya, eso es matar al padre (otra expresión del psicoanálisis que a veces no se entiende). Matar al padre es también matar al niño que presiona al padre para que sea como él lo fantasea.

          Decía Lacan que de nuestra posición de sujetos somos siempre responsables y Sartre decía que somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Eso quiere decir que cada uno hace con su falta lo que puede pero que se puede hacer mucho, que no todo (esto ya sería una fantasía perversa.

          Pasar por un análisis (aunque cada uno es diferente) lleva a entender que uno es responsable de sí mismo y que su historia determina su pasado pero no su futuro. Si sólo sirviese para echar la culpa a los padres estaríamos hablando de que sólo podemos diagnosticar hacia atrás y de que el sujeto está condenado. Como digo siempre el análisis es justamente para liberarse de la repetición y para que tu pasado no se convierta en tu futuro,abandonando eso sí, la posición infantil del niño que culpa a sus padres. de ahí que lleve a muchas reconciliaciones y no sólo, que también, a aprender a protegerse del otro. Aprender también que a veces a uno le toca el duro papel de estar por encima de su historia familiar y salvarse él del síntoma y entender que uno cuando sea padre/madre también refractará lo suyo en sus hijos. Quizá mejor que culpar sea analizar que le pasa a uno para no repetirlo hacia adelante con sus hijos.



Autor: Luís Martínez de Prado.

Fuente: http://psicodinamika.blogspot.com.es/2017/06/el-psicoanalisis-no-echa-la-culpa-los.html?m=1

 

Charlamos con José Ramón Ubieto, psicoanalista, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y profesor de la UOC

Todos hemos sido adolescentes. Todos hemos vivido fuertes sentimientos de estrés, de dudas, de confusión. La adolescencia es el tiempo en el que cada uno de nosotros ha conformado su identidad. Con llantos y rebeldías y desilusiones. Todo se magnifica en esa edad difícil en la que el adolescente necesita comprensión. Vivir la adolescencia siempre ha sido difícil. Quizás ahora lo es más con la irrupción del bullying que afecta a los más sensibles, a los más débiles. Reflexionemos sobre cómo afecta al adolescente la vida de hoy. La crisis económica, la violencia, el consumo, la sensación de fracaso en una sociedad competitiva... factores que llevan a que el suicidio entre los jóvenes alcance cifras alarmantes.

Charlamos con José Ramón Ubieto, psicoanalista, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y profesor de la UOC (Universidad Oberta de Catalunya): Haz clic para escuchar la conversación completa en la cadena ser

 

Fuente: http://cadenaser.com/programa/2017/06/09/a_vivir_que_son_dos_dias/1497019752_744735.html?ssm=fb

 

 

Rosario Castaño y Celia Arroyo protagonizan esta sección. Ambas son psicólogas y terapeutas relacionales, pero cada una pertenece a una generación distinta. Ambas intercambian su punto de vista sobre distintos aspectos de la actualidad femenina.

C.A.: Muchas personas cuando sufren se plantean la posibilidad de acudir a un psicólogo pero todavía se trata de un paso muy complicado de dar, creo que esto se debe a los mitos y la falta de información que hay en torno a qué es la psicoterapia ¿Qué debería hacer a una persona plantearse consultar con un psicoterapeuta?

R.C: Fundamentalmente el sufrimiento. Cuando una persona acude a consulta es porque se encuentra mal, bien sea con síntomas de ansiedad, tristeza, o cualquier síntoma físico que no tiene explicación médica. A veces sienten que han perdido capacidades que antes tenían, o se han despertado temores que les impiden seguir realizando su vida habitual.

C.A.: Muchas personas se preguntan en qué consiste una psicoterapia y a veces es complicado contestarles a esta pregunta, porque depende mucho del enfoque, hay muchos tipos de psicoterapias. Yo suelo decir a mis pacientes que “la psicoterapia es una experiencia compartida por dos personas, paciente y psicoterapeuta, que trabajan conjuntamente para afrontar una situación de sufrimiento”, pero supongo que si preguntara a un colega de otra orientación la respuesta sería distinta. Como vicepresidenta del Instituto de Psicoterapia Relacional, ¿podrías explicarnos en qué consiste la psicoterapia psicoanalítica relacional?

R.C.: El método de psicoterapia relacional, es un método dinámico que pone a disposición del paciente un espacio íntimo en el que poder expresar emociones y sentimientos que le ayudarán a ver cómo se relaciona consigo mismo y como lo hace con su entorno, es muy importante el pasado, conocer cómo fue su infancia y adolescencia porque necesitamos saber de dónde venimos, situarnos en el contexto de nuestra historia. Pero también es importante el presente, qué piensa el paciente sobre lo que hace, qué dice que hace, qué hace en realidad y qué podría hacer. Es un error pensar que en la psicoterapia sólo interesa hablar de las experiencias y  los traumas pasados, porque el presente y las expectativas sobre el futuro son fundamentales para conocerse mejor y descubrir los recursos que pueden ayudarnos a salir de una situación de sufrimiento.

C.A.: Cuando la gente piensa en el psicoanálisis, enseguida imagina un diván, con un psicoanalista detrás que anota en silencio lo que dice el paciente y que interviene para hacer comentarios sobre su infancia. Esta es una viñeta del psicoanálisis clásico  ¿Qué diferencia hay entre el método clásico y la psicoterapia psicoanalítica relacional?

R.C.: La psicoterapia psicoanalítica relacional es un método de trabajo donde lo que prima es la relación paciente-terapeuta, en la que no se trata tanto de hacer consciente lo inconsciente, como de conocerse mejor; y este conocerse mejor tiene lugar en dos planos, a nivel de la intimidad con uno mismo: nuestros miedos, fantasías, deseos, limitaciones, potencialidades y recursos. Y a nivel relacional, es fundamental comprender cómo nos relacionamos con nuestro entorno, en nuestras relaciones familiares, amorosas, de amistad, laborales, etc. Mientras que en el psicoanálisis clásico prima la interpretación como herramienta de cambio, en la terapia relacional se entiende que el encuentro con el terapeuta es el elemento transformador del psiquismo.

C.A.: ¿Qué tipo de problemas se tratan a través de la psicoterapia?

R.C.: Quiero hacer una puntualización, porque planteas la pregunta como suelen hacerlo las personas que no son terapeutas, y ya sé que lo haces para que podamos aclarar ciertos mitos. En psicoterapia no se tratan los problemas sino a las personas que los padecen. Hay tantos motivos o síntomas como personas, pero para que el lector nos entienda podemos poner algunos ejemplos como es el caso de depresiones, estrés, estados de ansiedad, ataques de pánico, angustia, adicciones o crisis vitales.

C.A.: ¿A qué te refieres cuándo hablas de crisis vitales?

R.C.: A veces hay situaciones vitales que  desestabilizan el psiquismo, desencadenando sufrimiento y sensación de pérdida del control. Algunos ejemplos son el comienzo de las relaciones de pareja o la ruptura de la misma, el embarazo, el nacimiento de los hijos, la menopausia, los cambios en la carrera profesional, el diagnóstico de una enfermedad, etc.

C.A.: Una de las cosas que preguntan mucho mis pacientes es si la psicoterapia cura. Es una pregunta difícil de contestar porque se formula desde una perspectiva médica y desde la fantasía de que el médico puede curar todas las enfermedades, en todas las personas o en el caso de que no pueda hacerlo, puede decir desde el principio “esto no se cura”. Y si reflexionamos sobre esta fantasía, la medicina no es una ciencia absolutamente exacta, no todas las enfermedades se curan, no todos los pacientes con la misma enfermedad tienen el mismo pronóstico y muchas veces el médico tiene que probar distintos tratamientos para curar o para conseguir una mejoría en la calidad de vida. Creo que con la psicología pasa lo mismo, así que no te voy a preguntar si la psicoterapia cura pero sí ¿Qué cambios podemos esperar de la psicoterapia?

R.C.: Efectivamente los pacientes preguntan si se van a curar y como dices nuestra primera tarea como terapeutas es ajustar expectativas, orientarles a pensar en los cambios que pueden efectuar en su vida de manera realista. La psicoterapia es un medio para aprender el arte de vivir, no se trata de curar el síntoma sino de una transformación más global, el paciente suele enfocarse en el síntoma y su objetivo es curarse de ese síntoma que le hace la vida imposible, hacerlo desaparecer, pero eso lo conseguirá si aprende más sobre sus mecanismos de defensa, sobre sus miedos y sus obsesiones.  No olvidemos que los síntomas surgen porque nos están avisando de algo y además, la mayoría de las veces, son los que nos ayudan a seguir adelante a pesar del sufrimiento, no se quitan de repente, se necesita todo un proceso que ayude a dar sentido a lo que está ocurriendo en la vida del paciente.

La psicoterapia produce cambios a nivel de las conexiones neuronales y esto se traduce en cambios en nuestra manera de sentir, de pensar, de actuar y de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. Estos cambios se notan en la forma en que la persona se sitúa en su mundo, en el sentido que le da a su vida y a todo lo que hace, en valorarse más y sentir que su vida puede ser más creativa de lo que ha sido hasta entonces.

C.A.: Eso que has dicho de que el síntoma es un mecanismo de defensa que nos ayuda a seguir adelante aunque nos haga sufrir. ¿Podrías explicarlo mejor?

R.C.: Sí, siguiendo con las metáforas médicas, pensemos en una contractura muscular, todos hemos tenido alguna vez una contractura y es algo muy doloroso y molesto, pero es un mecanismo de defensa. El músculo se contrae para proteger otras estructuras, como si creara un caparazón, o para compensar una mala postura, pues con el síntoma psíquico sucede lo mismo. Para que el síntoma desaparezca o disminuya tenemos que trabajar primero en qué lo está originando, de qué nos protege.

C.A.: Hay mucha gente que se anuncia como terapeuta ¿Qué requisitos deberíamos tener en cuenta a la hora de escoger un profesional?

R.C.: Un psicoterapeuta tiene que tener una formación adecuada y especifica en psicoterapia. Antes de iniciar una psicoterapia es importante informarse de la escuela a la que pertenece la persona que hemos escogido y de la formación que tiene porque no todos los métodos son iguales.

Para estar seguros de que el profesional que escogemos está cualificado podemos recurrir a  la Federación Nacional de Psicoterapeutas y si buscamos un terapeuta de orientación psicoanalista a la Sección de Psicoterapias Psicoanalíticas, de la que  actualmente soy presidenta. Estos organismos tienen unas normas muy estrictas que el profesional tiene que cumplir para obtener el título de psicoterapeuta.

 

Fuente: http://institutopalacios.com/la-psicoterapia-me-puede-ayudar/?platform=hootsuite

 

 

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