Por Beatriz Janin

 

Se habla de un incremento en la cantidad de niños autistas que llevaría a pensar en una epidemia. Quiero plantear mis reservas al respecto.
Puedo relatar muchísimos casos de niños que llegan diagnosticados como TEA (Trastorno de Espectro Autista) cuando presentan dificultades en la adquisición del lenguaje y carecen de juego simbólico. Sin embargo, muchos tienen buena conexión afectiva, o la logran al poco tiempo de tratamiento y se conectan. La mayoría presentan dificultades para hablar a la edad en la que se supone que deberían hacerlo y tienen muy buena conexión con máquinas, pero no con otros humanos. Pero esto se revierte. Y cada niño tiene sus tiempos…sobre todo cuando lo ayudamos. Decir que son TEA es simplificar en un nombre un funcionamiento complejo. 
No planteo que esos niños no necesiten ayuda. Lo que afirmo es que no son autistas y que con un tratamiento en el que se los pueda ubicar como sujetos con los que podemos tener un intercambio simbólico, estos niños modifican sus conductas. 
Considero que está ocurriendo con los niños pequeños lo que ya hemos visto con el Trastorno por déficit de Atención con o sin Hiperactividad (TDAH), en que se agrupa una cantidad enorme de niños cuyos funcionamientos psíquicos son absolutamente diferentes, solamente a partir de ciertas conductas, como desatender en clase y moverse mucho.
Del mismo modo, cualquier niño que no habla a la edad esperada o que no se relaciona con los otros del modo en que los demás lo hacen es catalogado como TEA, rótulo que se ha convertido en una bolsa de gatos en la que se meten todos los niños pequeños que presentan algún tipo de dificultad, sin diferenciarlos, sin tener en cuenta la historia en que se viene inscribiendo este funcionamiento y cómo se ha estructurado el psiquismo de este niño. Insólitamente, también a niños que hablan y que aprenden con facilidad pero tienen dificultades en el contacto con otros niños, se los cataloga de TEA, considerándolos Asperger. 
Si suponemos que estamos frente a una epidemia, estamos frente a un problema gravísimo: algo desconocido está produciendo transformaciones genéticas y neurológicas en las nuevas generaciones. ¿Iremos hacia una desaparición de la especie humana tal como la conocemos? ¿O tenemos que pensar qué es lo que estamos produciendo como sociedad, quiénes son los “desconectados”, qué ocurre con el lenguaje verbal en esta época… cuáles son las carencias de relatos y de juegos, qué ocurre con los adultos y la posibilidad de estar atentos y conectados con los otros en medio de la vorágine cotidiana? 
Pero también, ¿cuáles son los métodos de evaluación que se están utilizando?
Niños que presentan dificultades en el lenguaje o en el armado lúdico son evaluados por un profesional que toma un aspecto y sin mirar ni escuchar al niño ni pensar en la complejidad de la constitución subjetiva lo etiqueta rápidamente, lo que es gravísimo y iatrogénico. Rápidamente se dice que es TEA y que hay que utilizar pictogramas para que entienda (con lo que se le priva del lenguaje verbal) y que tiene que tener muchos tratamientos (por lo que un niño que no puede establecer lazo con una persona debe hacerlo con muchas). Esto deja a los padres en una situación de indefensión absoluta. 
Si se generaliza la toma de test como el ADOS a todos los niños, como quieren algunos o se hace lo que parece ser el “último descubrimiento” que es escanear el cerebro de los niños a los tres meses de edad, para detectar autismo….el noventa por ciento de la población se va a “autistizar”. Si ya se etiquetan niños a mansalva, desde una supuesta “objetividad” (como si los vínculos humanos fueran “objetivos”, medibles), si generalizamos los protocolos y los “estudios” y hacemos una detección temprana que no sirve para pensar en los niños y comprender cuáles son sus dificultades específicas, sino para colgar carteles invalidantes, muchas familias se van a encontrar con que se les han desarmado ilusiones y quebrado proyectos. Y muchos niños a los que se supone deficitarios van a ser “adaptados” a los códigos sociales, transformados en robots obedientes. Niños a los que se les coarta el futuro, familias a las que se hace entrar en situaciones de muchísima angustia. Quiero alertar sobre el riesgo que implica tomar tests pensando que un test (como el ADOS) puede dar un diagnóstico. Este test, definido como una “evaluación estandarizada y semi-estructurada de la comunicación, la interacción social y el juego o el uso imaginativo de materiales para sujetos con sospecha de trastornos de espectro autista” y que es aparentemente una hora de juego dirigida y tabulada, al transformar en número lo que hay que pensar cualitativamente, al pretender dirigir el juego de un niño pequeño en vez de realizar una verdadera observación y un verdadero intercambio, puede hacer estragos. Se hace que un niñito de dos o tres años entre solo a un consultorio con un profesional al que ve por primera vez y se evalúan sus respuestas numéricamente. ¿Por qué un niño debería comunicarse con alguien a quien no conoce? Es evidente que si el ADOS o cualquier otro similar se generalizan nos vamos a encontrar con muchísimos TEA, que la mitad de la población infantil va a quedar con ese sello, que vamos a liquidar los avatares y la diversidad de las infancias en aras de una supuesta “prevención” que es totalmente iatrogénica. ¿Se pueden tabular y estandarizar los intercambios humanos? ¿Se puede cuantificar la riqueza de los afectos y pensamientos de un niño pequeño, de sus fantasías, deseos? ¿Se puede hablar de que no mira a los ojos sin preguntarse qué mira? ¿Se puede decir que no se comunica si no se le dio mucho tiempo para hacerlo y se creó un vínculo con él? Y lo más grave ¿Se puede en unas pocas entrevistas destruir la representación que los padres tienen de ese niño como niño devolviéndoles la imagen de un trastorno?
Beatriz Janin

 

Fuente: https://www.facebook.com/beatriz.janin/posts/2056963327848961

Alberto Ruiz de Alegría: «Los padres deben ser tajantes y decirle a su hijo que van a buscarle ayuda»

DIRECTOR TÉCNICO DE NORBERA, El psicólogo explica que quien quiere quitarse la vida lo hace «para evitar el sufrimiento», mientras que quien se hiere «persigue sentir el dolor»

 

En Norbera, alrededor de seis pacientes de los 80 con los que trabajan actualmente se han provocado autolesiones en algún momento, dice de memoria el director técnico del centro, Alberto Ruiz de Alegría, quien prefiere no hablar en exceso del famoso 'juego' de la Ballena Azul. El motivo: le preocupa que una cuestión «poco significativa» funcione como efecto llamada de otros jóvenes en una etapa en la que «las influencias afectan muchísimo».

-Se han visto imágenes de brazos de adolescentes con una ballena marcada. ¿Es diferente el perfil de quien participa en este 'juego' y el de quien se autolesiona?

-El denominador común es que en ambos casos hay un sufrimiento interior muy intenso. Pero en el caso de ese 'juego' sí que me gustaría decir que los padres deben tutelar lo que hacen sus hijos con el móvil, sin cuchichear, pero teniendo cierto control, sobre todo si existen sospechas. Permitir a un niño de 13 años plena libertad en internet es como soltarlo en medio de Madrid y dejarle que campe a sus anchas.

-La pregunta que puede hacerse mucha gente es por qué. ¿Qué motivos puede tener un joven para hacerse daño?

-Para empezar, hay que romper con el esquema de que los problemas de la gente joven son pequeños o menos importantes. Los problemas son problemas se tengan 2 o 72 años. Y la adolescencia es una etapa en la que los jóvenes viven una guerra emocional muy intensa entre el deseo de permanecer en la infancia y el de salir hacia afuera.

-Pero, ¿con qué fin deciden hacerse cortes o quemarse?

-Motivos hay muchos. Puede ser porque la angustia psicológica de lo que está viviendo un joven es tan intensa e incontrolable que a través de un daño físico logran dar forma a un dolor psicológico que no saben interpretar. Puede suceder que cuando el dolor se reprime muchísimo acaban no sintiendo nada y la autolesión es la fórmula que encuentran para sentir, aunque duela. Se puede dar en jóvenes con baja autoestima que lo hacen a modo de autocastigo por no ser lo suficientemente buenos o, incluso, una forma de llamar la atención, un grito de socorro.

-La autolesión, sobre todo los cortes en las muñecas, se asocia a pie de calle a ideas suicidas. ¿Guarda relación?

-En principio es distinto. El suicidio es una forma de evitar el sufrimiento, mientras que la autolesión es una forma de sentir ese sufrimiento. A la larga, claro que puede haber casos de jóvenes que se autolesionaban y que llegan a los intentos de suicidio, pero también hay muchísima gente que se autolesiona y que no llega a ese punto.

-Abordar esta cuestión como padre debe de ser difícil. ¿Qué pasos recomienda seguir?

-Que sean tajantes y que le digan al joven que van a buscar ayuda, pero no como un ofrecimiento, sino como una dirección. Suelo poner el ejemplo de que si un hijo tiene que ir al dentista porque hay una necesidad no se le pregunta si le parece bien, se le lleva y punto. En este caso es igual. El consejo es que si la familia está viendo que hay una autolesión, sea grande o pequeña, tienen que moverse. No se trata de una tontería sin importancia de los chavales.

-¿La primera reacción suele ser restarle importancia quizás por el miedo a no saber cómo afrontar el problema?

-Es necesario transmitir a muchos padres que no es ninguna vergüenza que su hijo se autolesione y que tengan que solicitar ayuda profesional para solventar el problema. Parece que los hijos hoy en día tienen que ser ideales y no es así. No vivimos en un mundo de fantasía. A veces llegan dificultades y hay que asumirlas. Lo que es una negligencia es que no se haga nada, pero la solución también está en los padres y el trabajo debe ser conjunto. Una situación que no se afronta se tiende a enquistar y termina agravándose. Por eso es importante prestarle atención, sin grandes dramatismos, pero sí con seriedad.

 

Fuente: http://www.diariovasco.com/sociedad/201705/21/alberto-ruiz-alegria-director-20170521001048-v.html

 

 

 

 

Entrevista a Isabelle Durand, por Lluís Amiguet

 

¿Le pregunto desde su diván?
El diván no es imprescindible en la terapia. Carla Bruni, que se psicoanaliza, dijo el otro día en una entrevista que le parece algo incómodo, artificial.

¿Por qué se usa el diván entonces?
Porque el no ver la mirada del psicoanalista puede ayudar a hablar más libremente.

¿Cuál ha sido el paciente más raro que se le ha sincerado?
Todos somos raros. O, si prefiere, nadie es normal. La normalidad no existe: es un invento para quien necesita aferrarse a algo; siempre es relativa y depende de prejuicios que varían según la época y el sitio donde estés. Por eso creo, al igual que Lacan, que todos estamos locos.

¿Y si el paciente es un loco perverso?
Es muy raro que un perverso se psicoanalice por la sencilla razón de que el psicoanálisis requiere del paciente la decisión de enfrentarse al lado oscuro de sí mismo y los perversos suelen eludir ese enfrentamiento.

Cuente su primer caso que recuerde.
Una mujer vino a verme, porque se sentía deprimida y tenía ataques de angustia. Y descubrimos que su malestar empezó cuando abandonó su vocación artística para dedicarse a una carrera universitaria que había elegido sólo para complacer a su padre, y es que retroceder sobre el propio deseo tiene consecuencias.

¿Trata usted a adictos?
Atendí a un hombre de treinta años con una adicción al alcohol y tratamos de averiguar la causa. Bebía cada vez que se sentía inferior y rechazado por los demás. La bebida era su modo de responder a ese complejo.

¿Por qué se sentía inferior?
De niño se creía el preferido de su madre y se quedó fijado en ese deseo de ser el predilecto. Cada vez que no se sentía el más querido, acababa por sentirse rechazado y haciéndose rechazar. Idealizaba a los demás, porque era el modo de seguir creyendo en un otro perfecto. La neurosis, ya ve, acaba siendo una religión y no es fácil ser ateo.

¿Le curó usted?
Dejó de beber. Pero el psicoanálisis no es una terapia más que sólo busca corregir un comportamiento perjudicial. El psicoanálisis no pretende normalizar a nadie, sino ayudar al paciente a encauzar sus excesos hasta convertirlos en energía creativa, como logran hacer los artistas.

¿Por qué somos neuróticos?
Lacan decía que siempre somos responsables de nuestra posición subjetiva…

¿Puede decírmelo y que lo entienda?
Lacan decía que no somos responsables de todo lo que nos sucede, pero sí del sentido que le damos y de cómo sentimos y reaccionamos ante lo que nos sucede.

No decidimos todo lo que nos pasa, pero decidimos si pasamos o no.
Muchos pacientes suelen intuir que la causa de lo que les ocurre tiene que ver con ellos mismos. Y me repiten: “Siempre me sucede eso y no entiendo por qué”; o: “Quisiera hacer aquello, pero hago lo contrario”.

¿Cómo les ayuda?
Vienen para entender por qué siguen haciendo lo que no quieren y el analista con su interpretación transforma esta queja en un deseo de saber. Es lo que llamamos síntoma analítico, y tiene un significado oculto. Para desentrañarlo, los analistas introducimos un “¿Qué quiere decir?” para que el paciente pase de quejarse a querer saber más sobre lo que le ocurre.

A menudo no hacemos lo que queremos ni queremos lo que hacemos.
Ya Ovidio decía: “Veo lo mejor y lo apruebo. Pero hago lo peor”. Es la división entre lo que te conviene y lo que te apetece: exceso de comida, drogas, determinadas conductas sexuales… Y tal vez sea más paradójico aún: no deseamos lo que queremos ni queremos lo que deseamos.

¿Puede ser más concreta?
Por ejemplo, un hombre engaña a su mujer, pero la quiere y en cambio desea a otra que no ama. O una mujer busca ser querida, pero puede en sus fantasías desear ser despreciada por un hombre. Amamos a quien no nos conviene y no a quien deberíamos.

La vida misma… Y no tiene curación.
La vida es lo que hacemos con ella: cada una de nuestras elecciones comporta una pérdida. No es difícil querer algo, lo difícil es querer sus consecuencias. En efecto, siempre queda algo que cojea.

¿Por qué a un hombre le cuesta desear a la que quiere y querer a la que desea?
Es difícil desear lo que ya se tiene. Y eso serviría también para todos, pero para la mujer parece ser menos complicado hacer coincidir el amor y el deseo en un mismo hombre. En cambio, para excitarse sexualmente, muchos hombres necesitan degradar en sus fantasías a la mujer con quien se acuestan.

Parece que nos busquemos problemas.
Los psicoanalistas sabemos que en el sufrimiento hay una satisfacción escondida e inconsciente que hace sufrir y que Lacan llama goce. Es una especie de masoquismo que nos atrapa y del que nos cuesta mucho deshacernos. Cuesta separarse de lo que te hace sufrir, porque también hay un “placer” en ese dolor.

 

Fuente: https://redpsicoanalitica.com/2016/05/26/no-deseamos-lo-que-queremos/

 

 

 

 

Guias realizadas por la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, pensadas para docentes que trabajan coln alumnos de ACNEAE (alumnos con necesidades específicas de apoyo educativo) o NEE (necesidades educativas especiales)

 

1. Necesidades Específicas de Apoyo Educativo

 

2. Altas Capacidades Intelectuales

 

 

3. Limitaciones en la Movilidad

 

4. Transtornos Graves de Conducta

 

5. Transtornos Generalizados del Desarrollo

 

6. Síndrome de Down

 

7. Discapacidad Auditiva

 

8. Discapacidad visual y sordera

 

9. Enfermedades Raras y Crónicas

 

10. Discapacidad Intelectual

 

11. Dificultades Específicas de Aprendizaje Dislexia

 

 

Fuente: http://webdelmaestrocmf.com/portal/11-guias-utiles-docentes-trabajan-alumnos-nee/

 

 

 

 

 

Lydia Morales Ripalda

 

 

Uno puede no saber qué es ni de dónde ha salido, pero ve sus mensajes por todos los sitios. Un día cualquiera el 80% de las actualizaciones que producen tus contactos de redes profesionales como LinkedIn son murales e infografías de psicología positiva aplicados al “liderazgo, el emprendimiento, la productividad y el crecimiento personal”. Para los escépticos irredimibles como quien esto escribe todo ese material estuvo hasta hace no mucho catalogado entre lo pueril y lo risible, otra más de las comeduras de tarro con que se entontece a sí mismo el occidental contemporáneo. Hasta que un día vi a un responsable de recursos humanos explicar desde la pantalla del ordenador, con una infografía llena de muñecos, por qué había gente que era infeliz. A saber: las personas se crean expectativas demasiado elevadas; se creen que son especiales sin serlo; se acostumbran a lo que tienen y quieren más; esperan que otros las hagan felices; confunden el no ser malos con ser buenos; encuentran satisfacción en recibir la conmiseración de otros… Y así sucesivamente.  Que te quedaras sin trabajo a los cuarenta y ocho años a pesar de haber cumplido siempre correctamente tus cometidos, o que te degradaran a pesar de lo mismo porque ya eras “viejo” y era eso o a la calle, no se contemplaba, ni por asomo, como causa de infelicidad. Culpar a lo exterior de tu desdicha era el error de una mente débil.

Desde aquel día empecé a encontrar siniestra toda esa palabrería que antes me había parecido simple tontería. Tomé conciencia del papel social que estaba jugando ese tipo de discurso. Un discurso que estaba por todos los sitios y que inundaba los medios de masas, los estantes de las librerías, las redes profesionales y las insufribles sesiones de buen rollo laboral que ahora endilgan a sus empleados muchos departamentos de recursos humanos que, por otra parte, se comportan como auténticos hijos de Satanás. Una verborrea que permitía, además, que cualquier vendedor de humo fuera de gurú por la vida porque en su tarjeta de visita, o en su “identidad virtual”, se ponía etiquetas tan grandilocuentes como ridículas: entrenador (en inglés, que suena mejor), exponenciadora de equipos, líder de pensamiento, facilitadora, visor de potencial, estimuladora de la proactividad… Por debajo de toda la jerigonza los mensajes de estos “gurús” solían resumirse en que había que ser positivo y afrontar la vida sin negatividades, porque así uno sería feliz, la suerte estaría de su parte y conseguiría todo aquello que se propusiera. O sea, una estupidez sin paliativos. Pero una estupidez que ha devenido dogma sin religión, argumento dominante. Y que permite a los “gurús” ganarse unos buenos duros con gente dispuesta a pagar por cualquier cosa.

La convención del momento es esta. Por eso me sorprendió cuando en el canal de Ivoox de la UNED encontré un día una lección de dos profesores de Psicología exponiendo la cara siniestra de esta plaga de positividad que todo lo invade. José Carlos Loredo Narciandi, profesor del Departamento de Psicología Básica de la UNED, y Edgar Cabanas Díaz, investigador de la Universidad Autónoma de Madrid, le daban un repaso a la Psicología positiva en un audio de apenas media hora: ¿Nacidos para ser felices? El lado oscuro de la psicología positiva“. El discurso de la psicología positiva, se decía, es heredero de la cultura estadounidense y presenta una concepción individualista de la felicidadcomo aspiración natural del ser humano, algo que depende de una adecuada gestión de la fuerza interior y no de las circunstancias externas. A la hora de afrontar la vida lo importante son las emociones positivas, encarar los problemas con optimismo y buscar la felicidad y el bienestar personales. Esta reducción de la felicidad a una cuestión de voluntad individual oculta al receptor inadvertido de tales mensajes el contenido ideológico que hay detrás, y que no es inocente en absoluto. La psicología positiva, aunque prospere como mercancía gracias a disimularlo, sirve a unos intereses, una ideología, unos códigos de valores y una agenda antropológica muy concreta. No es algo empírico, objetivo ni neutro. Su concepción de la felicidad no es “la” felicidad en sí, como tal -en caso de que eso existiera-, sino una propuesta de un tipo particular de felicidad hija de un humus ideológico concreto. No es la felicidad de la cultura clásica, por ejemplo, que se asociaba a la potencia contemplativa, a una libertad interior templada por el amor a la sabiduría, a la evitación del dolor y el disfrute de la belleza o al honor derivado del ejercicio del heroísmo. No es tampoco la felicidad de las culturas orientales, ligada a la armonía social (no al individualismo) y a la ascesis que parte de la irrelevancia del yo y de la superación de todo deseo (empezando por el de triunfar en el mundo). La concepción de la felicidad de la psicología positiva ni siquiera está emparentada con la concepción del primer liberalismo, como a veces se pretende. Para los liberales clásicos la felicidad estaba asociada al deber social, no a la satisfacción individual, que se consideraba despreciable por su autocomplacencia y su egoísmo. Así que en realidad el modelo de felicidad que presenta esta psicología está directamente relacionado con el capitalismo postmoderno, el darwinismo social y el pensamiento neoliberal contemporáneo, que es mucho más que una teoría política de las prácticas económicas. Como señalaban los profesores Loredo y Cabanas, presupone “una ontología individualista que concibe a los sujetos como seres naturalmente autosuficientes y que pueden maximizar todo en su propio beneficio”. Si no lo hacen, sólo ellos son los culpables de no triunfar, de no obtener placer, de no sentirse bien, de no ganar suficiente dinero, en suma, de no ser “felices”. Las implicaciones políticas y socioeconómicas de semejantes planteamientos pueden no ser obvias, pero están ahí. Primero, el darwinismo social: la vida humana es una lucha, la sociedad es el marco de esa pelea y los triunfadores son los “animales más fuertes” que han conseguido imponerse y sobresalir en la manada humana. Aquel que no triunfa no debe exigir ayuda ni compasión: es débil, es menos apto y debe asumir su propia deficiencia porque es exclusiva responsabilidad suya. A partir de aquí, los mensajes de la psicología positiva se utilizan para neutralizar el descontento que provoca la situación de crisis actual, con la destrucción del horizonte vital, social y económico de amplios sectores de las clases bajas y medias occidentales. “Nos bombardean con más felicidad cuanto menos posible es en la realidad estar bien”, nos hablan de “ser más positivos” y “más proactivos” cuanto menos posible es en la práctica cualquier esperanza social.

Las aplicaciones en el ámbito de la empresa de estos planteamientos tampoco son inocentes. En un momento en que el trabajo es escaso, precario, inseguro y mal pagado, en el que las empresas o “los mercados” han roto unilateralmente con cualquier obligación o lealtad que no sea la de su propia “felicidad” (ganar el máximo dinero al menor coste posible), la psicología positiva -tan utilizada en el coaching y la administración de recursos humanos- ha impuesto en el mundo laboral un discurso venenoso que enfatiza una supuesta “autonomía personal”, y con ella la “flexibilidad”, la “proactividad” y otras jerigonzas similares, para hacer que los trabajadores carguen sobre sus espaldas toda la responsabilidad de su éxito o su fracaso laborales. Se exime así de mancha moral a las legislaciones laborales de nuevo cuño y a las empresas que despiden a trabajadores leales y responsables, que ocasionan dramas personales y familiares y que contribuyen a deteriorar el clima social.  O se exime de crítica también, y en un sentido más amplio, a las prácticas políticas y económicas actuales que están liquidando la justicia social y las seguridades duramente ganadas por las clases bajas y medias occidentales a lo largo del siglo XX. Una liquidación, por cierto, que pone en peligro la continuidad de los propios sistemas democráticos, aunque eso cada vez parezca importar menos. El analista de seguridad y defensa Jesús Pérez Triana tuiteaba en su día un artículo del diario El Mundo –Y así llegó el fin de la clase media– con la siguiente apostilla: “Luego debatimos sobre por qué la gente cabreada vota estúpidamente”. También podemos debatir sobre por qué pueden encontrar siniestra la palabrería y el voluntarismo de la psicología positiva aplicados a un ámbito laboral y social cada vez más despiadado.

 

Aunque en el audio de la UNED no se menciona, todo este discurso de la felicidad individualista y la positividad ha echado mano más recientemente de elementos de las tradiciones orientales, especialmente del budismo. La moda del mindfulness -una vulgarización occidental de la meditación vipassana, desprovista de su orientación ascética- es un ejemplo. En la tradición clásica los estoicos han sido otras víctimas involuntarias de la tergiversación utilitarista. Aunque en el terreno académico los presupuestos de la psicología positiva cada vez son más discutidos (ver el trabajo Falacias de la psicología positiva de Roberto García Álvarez y Víctor Martínez Loredo), lo cierto es que el éxito de esta no se halla en los ámbitos de debate teórico sino en sus aplicaciones concretas. El audio de la UNED recuerda que han sido grandes corporaciones como Coca Cola, el Ejército estadounidense o la Fundación Templeton -gran propagadora del neoliberalismo- las entidades que han financiado más trabajos sobre la psicología positiva. Eso quiere decir algo, evidentemente.

 

Fuente: https://nidodeaguilasblog.wordpress.com/2016/03/23/el-lado-oscuro-de-la-psicologia-positiva/

 

 

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