Alberto Ruiz de Alegría: «Los padres deben ser tajantes y decirle a su hijo que van a buscarle ayuda»

DIRECTOR TÉCNICO DE NORBERA, El psicólogo explica que quien quiere quitarse la vida lo hace «para evitar el sufrimiento», mientras que quien se hiere «persigue sentir el dolor»

 

En Norbera, alrededor de seis pacientes de los 80 con los que trabajan actualmente se han provocado autolesiones en algún momento, dice de memoria el director técnico del centro, Alberto Ruiz de Alegría, quien prefiere no hablar en exceso del famoso 'juego' de la Ballena Azul. El motivo: le preocupa que una cuestión «poco significativa» funcione como efecto llamada de otros jóvenes en una etapa en la que «las influencias afectan muchísimo».

-Se han visto imágenes de brazos de adolescentes con una ballena marcada. ¿Es diferente el perfil de quien participa en este 'juego' y el de quien se autolesiona?

-El denominador común es que en ambos casos hay un sufrimiento interior muy intenso. Pero en el caso de ese 'juego' sí que me gustaría decir que los padres deben tutelar lo que hacen sus hijos con el móvil, sin cuchichear, pero teniendo cierto control, sobre todo si existen sospechas. Permitir a un niño de 13 años plena libertad en internet es como soltarlo en medio de Madrid y dejarle que campe a sus anchas.

-La pregunta que puede hacerse mucha gente es por qué. ¿Qué motivos puede tener un joven para hacerse daño?

-Para empezar, hay que romper con el esquema de que los problemas de la gente joven son pequeños o menos importantes. Los problemas son problemas se tengan 2 o 72 años. Y la adolescencia es una etapa en la que los jóvenes viven una guerra emocional muy intensa entre el deseo de permanecer en la infancia y el de salir hacia afuera.

-Pero, ¿con qué fin deciden hacerse cortes o quemarse?

-Motivos hay muchos. Puede ser porque la angustia psicológica de lo que está viviendo un joven es tan intensa e incontrolable que a través de un daño físico logran dar forma a un dolor psicológico que no saben interpretar. Puede suceder que cuando el dolor se reprime muchísimo acaban no sintiendo nada y la autolesión es la fórmula que encuentran para sentir, aunque duela. Se puede dar en jóvenes con baja autoestima que lo hacen a modo de autocastigo por no ser lo suficientemente buenos o, incluso, una forma de llamar la atención, un grito de socorro.

-La autolesión, sobre todo los cortes en las muñecas, se asocia a pie de calle a ideas suicidas. ¿Guarda relación?

-En principio es distinto. El suicidio es una forma de evitar el sufrimiento, mientras que la autolesión es una forma de sentir ese sufrimiento. A la larga, claro que puede haber casos de jóvenes que se autolesionaban y que llegan a los intentos de suicidio, pero también hay muchísima gente que se autolesiona y que no llega a ese punto.

-Abordar esta cuestión como padre debe de ser difícil. ¿Qué pasos recomienda seguir?

-Que sean tajantes y que le digan al joven que van a buscar ayuda, pero no como un ofrecimiento, sino como una dirección. Suelo poner el ejemplo de que si un hijo tiene que ir al dentista porque hay una necesidad no se le pregunta si le parece bien, se le lleva y punto. En este caso es igual. El consejo es que si la familia está viendo que hay una autolesión, sea grande o pequeña, tienen que moverse. No se trata de una tontería sin importancia de los chavales.

-¿La primera reacción suele ser restarle importancia quizás por el miedo a no saber cómo afrontar el problema?

-Es necesario transmitir a muchos padres que no es ninguna vergüenza que su hijo se autolesione y que tengan que solicitar ayuda profesional para solventar el problema. Parece que los hijos hoy en día tienen que ser ideales y no es así. No vivimos en un mundo de fantasía. A veces llegan dificultades y hay que asumirlas. Lo que es una negligencia es que no se haga nada, pero la solución también está en los padres y el trabajo debe ser conjunto. Una situación que no se afronta se tiende a enquistar y termina agravándose. Por eso es importante prestarle atención, sin grandes dramatismos, pero sí con seriedad.

 

Fuente: http://www.diariovasco.com/sociedad/201705/21/alberto-ruiz-alegria-director-20170521001048-v.html

 

 

 

 

Entrevista a Isabelle Durand, por Lluís Amiguet

 

¿Le pregunto desde su diván?
El diván no es imprescindible en la terapia. Carla Bruni, que se psicoanaliza, dijo el otro día en una entrevista que le parece algo incómodo, artificial.

¿Por qué se usa el diván entonces?
Porque el no ver la mirada del psicoanalista puede ayudar a hablar más libremente.

¿Cuál ha sido el paciente más raro que se le ha sincerado?
Todos somos raros. O, si prefiere, nadie es normal. La normalidad no existe: es un invento para quien necesita aferrarse a algo; siempre es relativa y depende de prejuicios que varían según la época y el sitio donde estés. Por eso creo, al igual que Lacan, que todos estamos locos.

¿Y si el paciente es un loco perverso?
Es muy raro que un perverso se psicoanalice por la sencilla razón de que el psicoanálisis requiere del paciente la decisión de enfrentarse al lado oscuro de sí mismo y los perversos suelen eludir ese enfrentamiento.

Cuente su primer caso que recuerde.
Una mujer vino a verme, porque se sentía deprimida y tenía ataques de angustia. Y descubrimos que su malestar empezó cuando abandonó su vocación artística para dedicarse a una carrera universitaria que había elegido sólo para complacer a su padre, y es que retroceder sobre el propio deseo tiene consecuencias.

¿Trata usted a adictos?
Atendí a un hombre de treinta años con una adicción al alcohol y tratamos de averiguar la causa. Bebía cada vez que se sentía inferior y rechazado por los demás. La bebida era su modo de responder a ese complejo.

¿Por qué se sentía inferior?
De niño se creía el preferido de su madre y se quedó fijado en ese deseo de ser el predilecto. Cada vez que no se sentía el más querido, acababa por sentirse rechazado y haciéndose rechazar. Idealizaba a los demás, porque era el modo de seguir creyendo en un otro perfecto. La neurosis, ya ve, acaba siendo una religión y no es fácil ser ateo.

¿Le curó usted?
Dejó de beber. Pero el psicoanálisis no es una terapia más que sólo busca corregir un comportamiento perjudicial. El psicoanálisis no pretende normalizar a nadie, sino ayudar al paciente a encauzar sus excesos hasta convertirlos en energía creativa, como logran hacer los artistas.

¿Por qué somos neuróticos?
Lacan decía que siempre somos responsables de nuestra posición subjetiva…

¿Puede decírmelo y que lo entienda?
Lacan decía que no somos responsables de todo lo que nos sucede, pero sí del sentido que le damos y de cómo sentimos y reaccionamos ante lo que nos sucede.

No decidimos todo lo que nos pasa, pero decidimos si pasamos o no.
Muchos pacientes suelen intuir que la causa de lo que les ocurre tiene que ver con ellos mismos. Y me repiten: “Siempre me sucede eso y no entiendo por qué”; o: “Quisiera hacer aquello, pero hago lo contrario”.

¿Cómo les ayuda?
Vienen para entender por qué siguen haciendo lo que no quieren y el analista con su interpretación transforma esta queja en un deseo de saber. Es lo que llamamos síntoma analítico, y tiene un significado oculto. Para desentrañarlo, los analistas introducimos un “¿Qué quiere decir?” para que el paciente pase de quejarse a querer saber más sobre lo que le ocurre.

A menudo no hacemos lo que queremos ni queremos lo que hacemos.
Ya Ovidio decía: “Veo lo mejor y lo apruebo. Pero hago lo peor”. Es la división entre lo que te conviene y lo que te apetece: exceso de comida, drogas, determinadas conductas sexuales… Y tal vez sea más paradójico aún: no deseamos lo que queremos ni queremos lo que deseamos.

¿Puede ser más concreta?
Por ejemplo, un hombre engaña a su mujer, pero la quiere y en cambio desea a otra que no ama. O una mujer busca ser querida, pero puede en sus fantasías desear ser despreciada por un hombre. Amamos a quien no nos conviene y no a quien deberíamos.

La vida misma… Y no tiene curación.
La vida es lo que hacemos con ella: cada una de nuestras elecciones comporta una pérdida. No es difícil querer algo, lo difícil es querer sus consecuencias. En efecto, siempre queda algo que cojea.

¿Por qué a un hombre le cuesta desear a la que quiere y querer a la que desea?
Es difícil desear lo que ya se tiene. Y eso serviría también para todos, pero para la mujer parece ser menos complicado hacer coincidir el amor y el deseo en un mismo hombre. En cambio, para excitarse sexualmente, muchos hombres necesitan degradar en sus fantasías a la mujer con quien se acuestan.

Parece que nos busquemos problemas.
Los psicoanalistas sabemos que en el sufrimiento hay una satisfacción escondida e inconsciente que hace sufrir y que Lacan llama goce. Es una especie de masoquismo que nos atrapa y del que nos cuesta mucho deshacernos. Cuesta separarse de lo que te hace sufrir, porque también hay un “placer” en ese dolor.

 

Fuente: https://redpsicoanalitica.com/2016/05/26/no-deseamos-lo-que-queremos/

 

 

 

 

Guias realizadas por la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, pensadas para docentes que trabajan coln alumnos de ACNEAE (alumnos con necesidades específicas de apoyo educativo) o NEE (necesidades educativas especiales)

 

1. Necesidades Específicas de Apoyo Educativo

 

2. Altas Capacidades Intelectuales

 

 

3. Limitaciones en la Movilidad

 

4. Transtornos Graves de Conducta

 

5. Transtornos Generalizados del Desarrollo

 

6. Síndrome de Down

 

7. Discapacidad Auditiva

 

8. Discapacidad visual y sordera

 

9. Enfermedades Raras y Crónicas

 

10. Discapacidad Intelectual

 

11. Dificultades Específicas de Aprendizaje Dislexia

 

 

Fuente: http://webdelmaestrocmf.com/portal/11-guias-utiles-docentes-trabajan-alumnos-nee/

 

 

 

 

 

Lydia Morales Ripalda

 

 

Uno puede no saber qué es ni de dónde ha salido, pero ve sus mensajes por todos los sitios. Un día cualquiera el 80% de las actualizaciones que producen tus contactos de redes profesionales como LinkedIn son murales e infografías de psicología positiva aplicados al “liderazgo, el emprendimiento, la productividad y el crecimiento personal”. Para los escépticos irredimibles como quien esto escribe todo ese material estuvo hasta hace no mucho catalogado entre lo pueril y lo risible, otra más de las comeduras de tarro con que se entontece a sí mismo el occidental contemporáneo. Hasta que un día vi a un responsable de recursos humanos explicar desde la pantalla del ordenador, con una infografía llena de muñecos, por qué había gente que era infeliz. A saber: las personas se crean expectativas demasiado elevadas; se creen que son especiales sin serlo; se acostumbran a lo que tienen y quieren más; esperan que otros las hagan felices; confunden el no ser malos con ser buenos; encuentran satisfacción en recibir la conmiseración de otros… Y así sucesivamente.  Que te quedaras sin trabajo a los cuarenta y ocho años a pesar de haber cumplido siempre correctamente tus cometidos, o que te degradaran a pesar de lo mismo porque ya eras “viejo” y era eso o a la calle, no se contemplaba, ni por asomo, como causa de infelicidad. Culpar a lo exterior de tu desdicha era el error de una mente débil.

Desde aquel día empecé a encontrar siniestra toda esa palabrería que antes me había parecido simple tontería. Tomé conciencia del papel social que estaba jugando ese tipo de discurso. Un discurso que estaba por todos los sitios y que inundaba los medios de masas, los estantes de las librerías, las redes profesionales y las insufribles sesiones de buen rollo laboral que ahora endilgan a sus empleados muchos departamentos de recursos humanos que, por otra parte, se comportan como auténticos hijos de Satanás. Una verborrea que permitía, además, que cualquier vendedor de humo fuera de gurú por la vida porque en su tarjeta de visita, o en su “identidad virtual”, se ponía etiquetas tan grandilocuentes como ridículas: entrenador (en inglés, que suena mejor), exponenciadora de equipos, líder de pensamiento, facilitadora, visor de potencial, estimuladora de la proactividad… Por debajo de toda la jerigonza los mensajes de estos “gurús” solían resumirse en que había que ser positivo y afrontar la vida sin negatividades, porque así uno sería feliz, la suerte estaría de su parte y conseguiría todo aquello que se propusiera. O sea, una estupidez sin paliativos. Pero una estupidez que ha devenido dogma sin religión, argumento dominante. Y que permite a los “gurús” ganarse unos buenos duros con gente dispuesta a pagar por cualquier cosa.

La convención del momento es esta. Por eso me sorprendió cuando en el canal de Ivoox de la UNED encontré un día una lección de dos profesores de Psicología exponiendo la cara siniestra de esta plaga de positividad que todo lo invade. José Carlos Loredo Narciandi, profesor del Departamento de Psicología Básica de la UNED, y Edgar Cabanas Díaz, investigador de la Universidad Autónoma de Madrid, le daban un repaso a la Psicología positiva en un audio de apenas media hora: ¿Nacidos para ser felices? El lado oscuro de la psicología positiva“. El discurso de la psicología positiva, se decía, es heredero de la cultura estadounidense y presenta una concepción individualista de la felicidadcomo aspiración natural del ser humano, algo que depende de una adecuada gestión de la fuerza interior y no de las circunstancias externas. A la hora de afrontar la vida lo importante son las emociones positivas, encarar los problemas con optimismo y buscar la felicidad y el bienestar personales. Esta reducción de la felicidad a una cuestión de voluntad individual oculta al receptor inadvertido de tales mensajes el contenido ideológico que hay detrás, y que no es inocente en absoluto. La psicología positiva, aunque prospere como mercancía gracias a disimularlo, sirve a unos intereses, una ideología, unos códigos de valores y una agenda antropológica muy concreta. No es algo empírico, objetivo ni neutro. Su concepción de la felicidad no es “la” felicidad en sí, como tal -en caso de que eso existiera-, sino una propuesta de un tipo particular de felicidad hija de un humus ideológico concreto. No es la felicidad de la cultura clásica, por ejemplo, que se asociaba a la potencia contemplativa, a una libertad interior templada por el amor a la sabiduría, a la evitación del dolor y el disfrute de la belleza o al honor derivado del ejercicio del heroísmo. No es tampoco la felicidad de las culturas orientales, ligada a la armonía social (no al individualismo) y a la ascesis que parte de la irrelevancia del yo y de la superación de todo deseo (empezando por el de triunfar en el mundo). La concepción de la felicidad de la psicología positiva ni siquiera está emparentada con la concepción del primer liberalismo, como a veces se pretende. Para los liberales clásicos la felicidad estaba asociada al deber social, no a la satisfacción individual, que se consideraba despreciable por su autocomplacencia y su egoísmo. Así que en realidad el modelo de felicidad que presenta esta psicología está directamente relacionado con el capitalismo postmoderno, el darwinismo social y el pensamiento neoliberal contemporáneo, que es mucho más que una teoría política de las prácticas económicas. Como señalaban los profesores Loredo y Cabanas, presupone “una ontología individualista que concibe a los sujetos como seres naturalmente autosuficientes y que pueden maximizar todo en su propio beneficio”. Si no lo hacen, sólo ellos son los culpables de no triunfar, de no obtener placer, de no sentirse bien, de no ganar suficiente dinero, en suma, de no ser “felices”. Las implicaciones políticas y socioeconómicas de semejantes planteamientos pueden no ser obvias, pero están ahí. Primero, el darwinismo social: la vida humana es una lucha, la sociedad es el marco de esa pelea y los triunfadores son los “animales más fuertes” que han conseguido imponerse y sobresalir en la manada humana. Aquel que no triunfa no debe exigir ayuda ni compasión: es débil, es menos apto y debe asumir su propia deficiencia porque es exclusiva responsabilidad suya. A partir de aquí, los mensajes de la psicología positiva se utilizan para neutralizar el descontento que provoca la situación de crisis actual, con la destrucción del horizonte vital, social y económico de amplios sectores de las clases bajas y medias occidentales. “Nos bombardean con más felicidad cuanto menos posible es en la realidad estar bien”, nos hablan de “ser más positivos” y “más proactivos” cuanto menos posible es en la práctica cualquier esperanza social.

Las aplicaciones en el ámbito de la empresa de estos planteamientos tampoco son inocentes. En un momento en que el trabajo es escaso, precario, inseguro y mal pagado, en el que las empresas o “los mercados” han roto unilateralmente con cualquier obligación o lealtad que no sea la de su propia “felicidad” (ganar el máximo dinero al menor coste posible), la psicología positiva -tan utilizada en el coaching y la administración de recursos humanos- ha impuesto en el mundo laboral un discurso venenoso que enfatiza una supuesta “autonomía personal”, y con ella la “flexibilidad”, la “proactividad” y otras jerigonzas similares, para hacer que los trabajadores carguen sobre sus espaldas toda la responsabilidad de su éxito o su fracaso laborales. Se exime así de mancha moral a las legislaciones laborales de nuevo cuño y a las empresas que despiden a trabajadores leales y responsables, que ocasionan dramas personales y familiares y que contribuyen a deteriorar el clima social.  O se exime de crítica también, y en un sentido más amplio, a las prácticas políticas y económicas actuales que están liquidando la justicia social y las seguridades duramente ganadas por las clases bajas y medias occidentales a lo largo del siglo XX. Una liquidación, por cierto, que pone en peligro la continuidad de los propios sistemas democráticos, aunque eso cada vez parezca importar menos. El analista de seguridad y defensa Jesús Pérez Triana tuiteaba en su día un artículo del diario El Mundo –Y así llegó el fin de la clase media– con la siguiente apostilla: “Luego debatimos sobre por qué la gente cabreada vota estúpidamente”. También podemos debatir sobre por qué pueden encontrar siniestra la palabrería y el voluntarismo de la psicología positiva aplicados a un ámbito laboral y social cada vez más despiadado.

 

Aunque en el audio de la UNED no se menciona, todo este discurso de la felicidad individualista y la positividad ha echado mano más recientemente de elementos de las tradiciones orientales, especialmente del budismo. La moda del mindfulness -una vulgarización occidental de la meditación vipassana, desprovista de su orientación ascética- es un ejemplo. En la tradición clásica los estoicos han sido otras víctimas involuntarias de la tergiversación utilitarista. Aunque en el terreno académico los presupuestos de la psicología positiva cada vez son más discutidos (ver el trabajo Falacias de la psicología positiva de Roberto García Álvarez y Víctor Martínez Loredo), lo cierto es que el éxito de esta no se halla en los ámbitos de debate teórico sino en sus aplicaciones concretas. El audio de la UNED recuerda que han sido grandes corporaciones como Coca Cola, el Ejército estadounidense o la Fundación Templeton -gran propagadora del neoliberalismo- las entidades que han financiado más trabajos sobre la psicología positiva. Eso quiere decir algo, evidentemente.

 

Fuente: https://nidodeaguilasblog.wordpress.com/2016/03/23/el-lado-oscuro-de-la-psicologia-positiva/

Si te ahogas en el vaso medio lleno o medio vacío de la felicidad, si los libros de autoayuda no te ayudan, si en yoga ves más gente desesperada que en una discoteca… quizás este sea tu hombre.

Sergi Rufi es un psicoterapeuta incómodo para el resto de colegas de la vieja guardia. Licenciado y doctorado en Psicología, imparte clases de Psicología Social Positiva en la Universidad de Barcelona. Es evidente que a sus alumnos les seducen sus tatuajes. "Es uno de los nuestros", deben pensar. Con look de cierra-bares colega de los malos estudiantes de última fila, Rufi logra que escuchen con atención un discurso sólido que no logró vertebrar hasta que cruzó el charco, se mudó a California e hizo añicos su burbuja personal.

En el Festival Organic de Barcelona dará esta semana una conferencia sobre espiritualidad rebelde, “una propuesta transgresora y comprometida socialmente, alejada de la mediocridad New Age y la tibieza Disney”, según sus propias palabras. La premisa inicial es poner en duda a todos los vende humos que inundan el sector de la autoayuda antes que la autoayuda acabe con todos nosotros. Nada mal.  

–No sé si has visto el video viral de un ejecutivo de Google y su algoritmo de la felicidad. ¿Qué piensas de estos discursos?

Es la nueva moda, un ejecutivo de Google adoctrinando al mundo sobre lo que es y no es la felicidad y lo que tengo que hacer para ser optimista. Yo no acepto lecciones de nadie y menos aún si no me conocen personalmente. No sé qué es la felicidad para ti, es todo muy subjetivo, personal e intransferible. Todos tenemos carácteres, temperamentos y motivaciones diferentes, no me gusta pontificar y decir que lo que me ha ido bien a mí te va a ir bien a ti. Yo sé lo que es estar bien conmigo mismo y no estarlo tanto también, pero cuando oigo la palabra felicidad y veo a alguien como el hombre del vídeo racionalizando descaradamente las emociones, enmascarando marcadamente su sufrimiento y diciendo que la felicidad es una elección y que para serlo tienes que hacer como él, me echo a temblar.  

–Me recuerda al anuncio de BMW con Bruce Lee. Si en 2017 aún estamos hablando del vaso medio lleno o medio vacío, ¿no entendemos nada, verdad?

Dicen que el infierno está lleno de buenas intenciones y es lo que yo percibo aquí. Veo un ser humano tratando de tapar con poesía prestada un gran sufrimiento interno, tratando de convecer al mundo de su discurso antisufrimiento, el cual no parece estar funcionando demasiado bien, se le nota en el gesto. El optimismo es una actitud deseable pero forzarlo trae siempre resultados funestos. Seguramente el hombre sacará un libro y se hará bestseller, en EEUU gustan mucho esas historias dramáticas.  

–¿No es triste que la motivación para un gran cambio nazca de un libro de autoayuda? A mí me deprimen.

Sospecho que te deprimen porque en general tienen muy poca calidad. A corto plazo, la autoayuda suele aliviar pero a la larga no sólo no ayuda sino que puede revictimizar aún más. No hay mayor subidón emocional que el que sientes en la página 35 de un buen libro de autoayuda comercial. En la 102 tu vida encaja y tiene sentido. Al acabar el libro te sientes comprendido, suave, como iluminado. A la semana quizá aún dura el eco de las bonitas promesas y las buenas intenciones. Al mes apenas te quedan tres nociones de lo leído aunque no hayas podido aplicar casi nada. Pasado ese mes vuelve la crisis de nuevo y te vas corriendo a la librería a comprarte otro libro de autoayuda comercial que te saque temporalmente del atolladero emocional, enchufándote de nuevo emociones agradables transitorias. La autoayuda comercial la copan moralistas emocionales y especuladores espirituales.

–¿Y qué podemos hacer para que la próxima vez que la gente vaya a la librería compre mejores libros emocionales? 

Las autoridades competentes deberían regular el sector de la autoayuda por ser tan nocivo para la salud pública. Es un sector millonario donde la mayoría de autores no son profesionales de la salud emocional sino periodistas, empresarios, ingenieros, médicos e iluminados que siguen la lógica del mercado 'vender libros y ganar dinero', no la lógica de ayudar. Para ello la regla de oro es decirle al lector lo quiere escuchar. Sólo el arquitecto escribe libros sobre arquitectura. Sólo un historiador escribe libros sobre historia. Sólo un economista escribe libros sobre economía. Sin embargo, sobre la mente y las emociones, sobre psicología vamos, habla y escribe todo el mundo basándose meramente en libros leídos, en teorías prestadas o en su propia vivencia personal sin tener ni idea de qué es la mente y el cerebro. Se le falta mucho el respeto a la gente. Sólo debería de escribir libros de autoayuda y de psicología quien tiene la experiencia de haber trabajado con centenares y miles de personas que sufren.  

 

–Me haces pensar en el libro "¿Quién se ha llevado mi queso?" Vendió más de 26 milliones de copias en 37 idiomas. Parecía que si no leías ese libro no tenías alma…

Recuerdo ese fenómeno. Hace 12 años una novia norteamericana que tenía entonces me lo regaló cuando vivíamos en California. Fue una época muy especial y demasiado complicada también. Supongo que ella me vio algo atropellado por la cultura de la apariencia (tan americana) y me lo regaló para ver si tocaba alguna tecla en mi interior. 

–¿Y la tocó?  

La verdad es que no recuerdo apenas nada del contenido del libro, creo que no pasé de hojear unas pocas páginas. Tal vez fue por mi urticaria natural a los ‘hypes’ y bestsellers comerciales (me huelen a nana del establishment, a adoctrinamiento condescendiente oficial). Tal vez fue porque no suelo aceptar de buena gana ‘regalos terapéuticos’ de alguien que emocionalmente está igual o peor que yo.

–¿Tan jodidos estamos?

A veces, medio en broma medio en serio, a mis clientes y alumnos les digo que estamos vivos de milagro.  

–"Estamos vivos de milagro" sería un gran nombre para tu bestseller de autoayuda.

(Ríe)   En general, si somos honestos y tenemos conexión profunda con nuestros propios sentimientos, al mirar atrás nos damos cuenta de que más allá de alegrías y éxitos, nuestras infancias también están repletas de abandonos, humillaciones y pequeños traumas de todo tipo. De adultos, nos sabemos al dedillo el manual de instrucciones del Mac y del Iphone, sin embargo, sabemos poco o nada sobre cómo funciona nuestro propio cerebro, nuestra mente, nuestras emociones, nuestra piel, nuestra propia maquinaria psicobiológica. Resulta que hemos sido guiados por ciegos y hemos construido el edificio de nuestro Ser por el tejado. Así, acabamos flotando tibiamente por la vida, girando como una peonza, por inercia, en piloto automático, con muy baja conciencia de quién somos realmente y de adónde vamos, y con un nivel de desarrollo personal paupérrimo. Y de repente, una mañana nos despertamos al borde del precipicio, con medio pie asomando al vacío. ¿Quién soy? ¿Qué sentido tiene todo esto? Estamos vivos de milagro.  

–En serio, ¿crees que existe un postureo en la espiritualiad?  

Existe la espiritualidad estética, la espiritualidad como producto de consumo, la espiritualidad de red social; mediocre, azucarada y mal entendida. Centrarte sólo en la apariencia, en llevar un tatuaje de un Buda, en hacer una postura de Yoga, en comer orgánico, en basar tu desarrollo personal en el disfrute y la alegría. En tener la sonrisa como meta, en creer que por sonreír todo el rato en Instagram eres más feliz que los demás, es caer lentamente en la autocomplacencia y el hedonismo existencial. También es huir de la responsabilidad de nuestras acciones y seguir siendo egoístas, seguir abandonando a gente, seguir comunicándonos mal, seguir engañando, manipulando a la pareja, haciendo juegos psicológicos, culpabilizando al otro de lo nuestro y soltar como justificación frases New Age del tipo 'es lo que quiere el Universo', 'es voluntad del Karma', 'es lo que toca', 'todo pasa por algo'. Este tipo de espiritualidad es hueca, superficial y tóxica como la televisón y el fútbol, porque quieren separarte de lo esencial: tus emociones profundas.

–¿De verdad se puede ser muy espiritual sin ser un coñazo con el resto del mundo?

De hecho, esa es la máxima expresión del desarrollo espiritual, el respeto a las diferencias individuales. No todo el mundo tiene que meditar, ni practicar la espiritualidad. Unos han nacido para arar la tierra y otros para meterse en el epicentro del huracán. Alguien muy conectado con su interioridad no debería necesitar posturear mucho su mundo interior. La autenticidad es silenciosa, como la felicidad auténtica, se viste por y desde dentro.  

–¿Qué barbaridades has visto en nombre de la supuesta espirtualidad?

A veces en una clase de yoga puedes ver tanta arrogancia, egoísmo y sufrimiento como en un after. Recuerdo un retiro en un monasterio budista espectacular en Francia, en medio de un bosque. Durante 7 días estuve rodeado y conviví con 300 monjes zen con sus cabezas rapadas y sus túnicas negras. Era asombrosa la presencia sobria e impecable de aquella gente. Había mucha meditación, mucho silencio, mucha liturgia, mucha oración, todos parecíamos ser uno y lo mismo. Luego cuando me los cruzaba por el campo les miraba con ojos amables y les saludaba suave y respetuosamente, desde el agradecimiento, como buscando conexión profunda. Apenas me miraban, muy pocos reconocían mi presencia y casi nadie me devolvía el saludo. La semana se me hizo larga y dura, meditamos muchísimas horas al día en silencio compartiendo el mismo espacio, pero internamente bien alejados los unos de los otros. Fui a conectar y a hallar paz interior y en pocos sitios me he sentido tan solo. Créeme cuando te digo que pura contradicción. Somos tan humanos...

–¿Cómo se puede romper con la imagen de la persona espiritual con la mente todo el día en el Tíbet?

Naturalizándola, normalizándola, sacándola de mezquitas, templos y dojos y bajándola a la calle. La verdad es que no se puede no ser espiritual, nuestro cerebro está cableado neuronalmente para sentir el anhelo de fundirnos con algo más grande, mayestático y bello que nos dé un sentido más amplio de la vida, ya sea una pieza de arte, un bosque, un ser querido o el cielo estrellado. Lo que sí podemos es no ser conscientes de que somos espirituales, o podemos no realizar ninguna práctica espiritual concreta, pero repito, el arte, la música, la gastronomía vivida de forma consciente, o esta misma entrevista, pueden resultar si nos detenemos a reconocerlo, actividades muy espirituales por inspirar ideas, sentimientos e imágenes evocadoras e inspiradoras en nosotros mismos, y en la gente que la lee.  

–¿Qué le falla a la psicología convencional para llegar más a la gente?

Le falta toneladas de comprensión, cariño, emoción, sentimiento, cuerpo, humildad, practicidad, espiritualidad y humanidad vamos. Le sobra arrogancia, condescendencia, juicio, distancia, frialdad, libros y tratar la mente como si fuera una fórmula matemática. A la psicología académica le falta mucho compromiso social, profundidad y voluntad de servicio real y auténtico, sin ponerse por encima de la persona que necesita de tu guía. Paciente siginifica 'el que sufre' y todos sufrimos, hay que cambiar esa palabra. No somos robtos, la mente no es y nunca ha sido un ordenador racional perfecto que ejecuta órdenes precisas con las que someter a las emociones y el cuerpo. Es casi al revés.

–Pero dime un truco para detectar un vendedor de humo de un buen gurú espiritual.

Yo buscaría los surcos en su rostro .

–¿Que busque surcos? 

Las arrugas, que se le vea el peso del tiempo y el rastro de su dilema interno a la legua. Yo huiría de todo aquél que sólo comparta contigo sus sonrisas, sus éxitos, su felicidad y su dicha, está ocultando su sombra para divinizarse, que le idealices, cavar una zanja entre él y tú, subirse a un pedestal para que le adores, y hacer negocio con tu bolsillo. Te la está metiendo doblada, vamos.  

–Ponme un ejemplo. 

Recuerdo un post en el muro de una página espiritual de Facebook que afirmaba que 'la auténtica belleza es la espiritual porque ésta, al contrario de la belleza física, permanece, es continúa, sublime y deseable', y en la foto aparecía una modelo ostensiblemente maquillada, con melena brillante, erótica, bien teñida de peluquería y la manicura rutilante. Basta ya de soltar clichés y de confundir a la gente, para eso ya tenemos al Gobierno. Me encantan las dos bellezas, pero seamos coherentes con el mensaje que tratamos de emitir. La espiritualidad de red social es el opio del pueblo en el siglo XXI. Nuestra confusión es su negocio.

–Y dentro de esta confusión, ¿cómo puedo saber si me va más el yoga, el reiki o andar por el bosque?

En realidad, no se tratan de actividades excluyentes sino complementarias. Yo sólo te animaría a que si pruebas algo te comprometieras con esa práctica como mínimo durante un mes, que trataras de 'apartar' temporalmente la mente y la repitieras como mínimo veinte veces antes de juzgarla. Si no, no le das tiempo a que esos ejercicios penetren en tu ser, se acomoden a ti, florezcan en ti y con ello se haga el cambio. Si no, seguramente lo que acabarás haciendo será juzgarlos desde la misma mente ansiosa que quieres calmar mediante los ejericios que precisamente estás realizando. Muchas veces criticamos una actividad justamente porque inconscientemente sospechamos que funciona y entonces se nos activa el miedo al cambio. Llevamos tanto tiempo sufriendo que de repente ¿y quién soy yo sin mi dolor? ¡Qué miedo!    

–¿Quieres decir que nos gusta regodearnos en nuestras miserias? 

Preferimos dolor conocido a la sanación y su novedosa incertidumbre.

–Quizás por este motivo los medios de comunciación han encontrado un nuevo pozo de consumidores.

 

Sí, las prácticas espirituales se han convertido en los nuevos productos de consumo de masas, en otro sonajero más que en lugar de utilizarlos para reconectar con nuestra esencia nos distrae más de ella. Deberíamos aprender a discernir el polvo de la paja y a lo que nos pongamos hacerlo con mente, cuerpo y alma. El establishment quiere convertir la espiritualidad en algo banal, en una experiencia superficial y hedonista más, como la moda del running, irte de trekking o montarte un sábado en el Dragón Khan con tu hermana.  

–O la alimentación sana.

En Roma hace dos mil años ya decían aquello de mente sana en cuerpo sano. La espiritualidad se inicia en el cuerpo, sin un cuerpo bien descansado, bien alimentado y bien ejercitado es difícil conectar profundamente con esferas de la existencia más amplias y elevadas. A veces, la depresión se debería empezar a tratar en el plato. Obviamente no sólo ahí, pero si desayunas bollería industrial, tiendes a comer abundante carne procesada y tomas mucho café, es bastante normal que la ansiedad sea tu fiel amigo inseparable. De alguna manera, el alma empieza en el colon. Siéntate veinte minutos a meditar con retortijones en el estómago y tendrás una experiencia más bélica que espiritual. 

–Has llegado a hablar del ‘fast-food de la salud emocional’.

Sí, son un conjunto de técnicas, escuelas y paradigmas 'terapéuticos' dentro del New Age Disney que proponen soluciones rápidas, simples y superficiales a problemas profundos y complejos de la humanidad. De nuevo, triunfa y vende más el charlatán que dice lo que quieres oir que quien se ajusta a la realidad. ¿Quién no desearía quitarse un bloqueo emocional que le acompaña durante 20 años en cinco minutos? Lamentablemente, en la mayoría de los casos eso no es posible y por lo tanto no es la verdad. ¿Pero estamos preparados para oir la verdad? Para empezar, habría que ponerle cerco legal a este tipo de falacias, hacen mucho daño a mucha gente porque se aprovechan del sufrimiento humano para vender promesas inalcanzables. Un poco de respeto a la condición humana, la gente sufre y no todo el mundo que sufre es tonto. Sufrir es parte de la vida, una experiencia humana más. Igual que sonreír y disfrutar. Pasarlo mal a veces es normal, va incluido en el pack de la vida.

–Pero hay gente tóxica. gente que se queja por todo y a todas horas.

 

Antes de decirle nada a alguien que se queja, primero le escucharía. Quejarse es una fase necesaría para despertar, la primera fase de hecho, la de darnos cuenta de que muchas cosas en nuestra vida y en el mundo no van bien. Aunque si nos quedamos ahí eternamente y no nos arremangamos y nos ponemos manos a la obra, la queja se torna en victimismo, la queja por la queja, y así nadie evoluciona. Ciertamente, hay gente que se queja por quejarse, gente que se queja por adicción, incluso para recibir atención. Eso es queja tóxica por ser estática y por lo tanto estéril, y es muy molesta para el entorno. Es cierto que la situación en el mundo está difícil pero no está tan mal como para estar todo el día quejándote. Por otro lado, al que nunca se queja de nada tampoco lo veo muy natural, las dinámicas del mundo actual hacen de éste un lugar bastante injusto, poco equilibrado. La rabia bien canalizada es motor de cambio, es una emoción muy espiritual .

 

Autor: Marc Casanova. Fuente: http://www.playgroundmag.net/food/vivos-milagro_0_1978602162.html

 

 

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